Obras para volver a mirar

Edificio Gas Natural

Sinuosa concepción, en permanente metamorfosis

Inaugurado en el año 2008, el edificio de la empresa Gas Natural, en Barcelona, España, sigue sorprendiendo a locales y turistas con su arquitectura mezcla de taller experimental y tecnologías de avanzada expresada con planos vidriados con diversas inclinaciones y formas que parecen  desafiar la fuerza de gravedad. Sin dudas una obra original y llena de creatividad, caracterizada como una torre acristalada de 20 plantas de gran espectacularidad que, tanto por su ubicación como por su concepción de sinuosa y moderna arquitectura, se ha convertido ya en un claro referente del skyline barcelonés.

Esta llamativa obra de arquitectura fue ideada por  el fallecido Enric Miralles y su socia,  Benedetta Tagliabue, quienes oportunamente ganaron el concurso de ideas para su nueva sede, a la que convocó el Grupo Gas Natura en 1999 para albergar a sus cerca de mil empleados, distribuidos entonces en ocho edificios diferentes. Su proyecto proponía “una roca esculpida por la fuerza del mar y cambiante como las llamas del fuego”.

Se supo que el arquitecto Enric Miralles veía desde su habitación, en un hospital de Houston, las nubes reflejadas en el edificio de enfrente. Estaba construyendo en Edimburgo el Parlamento de Escocia y tenía el encargo de levantar en Barcelona el que debía ser su primer edificio en altura, y aquellos reflejos decidieron la textura que tendría la piel de su único rascacielos. Miralles, uno de los más prometedores arquitectos españoles, fallecido en el año 2000 a los 45 años, no llegó a ver acabadas algunas de sus principales obras,  pero dejó planos, maquetas y directrices que su esposa y socia, Benedetta Tagliabue, ha hecho realidad. La última joya de su herencia fue el edificio de Gas Natural.

El proyecto original planteó la conciliación de varios objetivos: crear un hito urbano en el horizonte de Barcelona, establecer un diálogo con los techos bajitos de las casas del barrio y generar espacios públicos de calidad. Así, el edificio tiene una voluntad muy clara de ser compatible con su entorno urbano. Posee la verticalidad de una torre de oficinas, y la fragmentación de una serie de construcciones de distintas escalas que al final forman un volumen unitario. Por otra parte, da lugar a un gran voladizo, formando una enorme puerta que permite abrirse al barrio de la Barcelonesa, dando lugar a un espacio público singular que baja la construcción hasta el suelo,  constituyendo un paisaje urbano de diferentes dimensiones.

El tratamiento de las fachadas sigue un criterio parecido. Una serie de grandes ventanas le dan interés desde una visión cercana en tanto que, un tratamiento volumétrico indiferenciado que protege el edificio del sol y del ruido muestra volúmenes abstractos que se confunden con las otras construcciones a lo largo del cinturón.

De la parte media de la torre parte un edificio horizontal en voladizo, concretamente entre las plantas 5 y 10, un elemento que aporta mucha personalidad al edificio y que desde el punto de vista arquitectónico permite la integración del rascacielos en todo el complejo y en definitiva en el entorno de la ciudad. "El edificio surge de la propia ciudad y se integra en ella. Lo mires por donde lo mires encaja perfectamente con las construcciones que tiene alrededor. Ya sea con los edificios bajos del barrio de la Barceloneta, como con las altas torres de la Vila Olímpica", explicó oportunamente Benedetta Tagliabue.

Tradición arquitectónica y vidrios especiales

Sin lugar a dudas, se tuvieron en cuenta en su diseño, tanto el entorno en el que se ubica la nueva sede, como la tradición arquitectónica de la ciudad de Barcelona, de edificios altos pero integrados en el paisaje urbano.

Esta integración arquitectónica es completa también con su entorno más inmediato, ya que la torre dispone a su alrededor de una zona ajardinada de la cual podrán disfrutar todos los vecinos del barrio. Además, desde la plaza interior, que permite el acceso a los diferentes edificios, hay un paso abierto a los peatones que conecta la calle con un parque. A través de ese paso se vislumbra al fondo una característica imagen de la Torre de las Aguas, construcción de estilo modernista que constituye uno de los pocos edificios que se conservan en pie de lo que fue la antigua fábrica de gas.

Además del edificio principal y el voladizo, el complejo cuenta con una tercera pieza, un anexo con una altura de 4 plantas, también acristalado y con forma de cascada. La mitad de este inmueble corresponde al antiguo edificio de servicios técnicos que Gas Natural tenía ya en la zona, que ha sido remodelado y ampliado para acoger de nuevo los servicios técnicos de la compañía gasista en esta nueva etapa. "El complejo está concebido como por capas. No es nunca simétrico, es como un conjunto de formas con volúmenes distintos recubiertos de una misma piel, que es la que unifica todo el conjunto", agregó Benedetta, refiriéndose a la pared formada por vidrios de cinco tipos distintos que cubre tanto la torre como el resto de edificios del complejo. Reflejan todo el paisaje urbano que lo rodea gracias a una fachada recubierta con cristales ligeramente distorsionados, en cuatro tonos de azul.

Estos vidrios, tratados especialmente, persiguen un efecto deformador de la realidad. "Se trata de unos vidrios especiales colocados de una forma perfectamente estudiada que consiguen un efecto inesperado y sorprendente", a decir de Tagliabue. "La piel que cubre el edificio nunca es la misma, cambia en función de la luz, del tiempo, del clima y del lugar desde donde se observe el edificio. Se podría decir por ello que el edificio está en completa y permanente metamorfosis".

Otra de las características del complejo de edificios que acoge la sede central del Grupo Gas Natural es la variedad y originalidad de su volumetría, que permite que el edificio tenga una visión completamente distinta si se lo mira desde la ciudad, desde el mar o desde la ronda litoral que pasa a su lado.

Lectura poco sencilla

Edificio “raro” en el que se refleja Barcelona, poco tiene que ver con la típica torre corporativa (ni con el concepto mismo de torre, de hecho) de las grandes empresas. Como muchas de las obras de Miralles, el edificio tiene una lectura poco sencilla. Para empezar, no existe una fachada principal ni un eje de simetría: cada fachada es diferente y cambia según el punto de vista. Ni siquiera la altura aparente es la real, pues la torre principal, de 85 metros, tiene una cierta inclinación en sus aristas para conseguir un efecto de rascacielos. Pero lo que más impacta –mucho de lejos, pero más aún a sus pies– es la tensión visual de sus volúmenes descompuestos, en especial el voladizo de 35 metros de largo y seis plantas de altura que surge de la mitad de la torre como un portaaviones.

En el interior, el espacio de oficinas es diáfano, en blanco y gris. Sin duda, nada podría competir con las espectaculares vistas de 360˚ sobre la ciudad de las que goza el edificio. El aislamiento que proporcionan los ventanales cerrados se ha revelado, por cierto, como una las causas de un extraño síntoma de pérdida de grasa muscular que padecieron en los primeros meses dos centenares de trabajadores. Se trata de la lipoatrofia semicircular, que aparece en edificios con gran cantidad de cables bajo el suelo y escasa humedad ambiental, un problema que se ha resuelto con humidificadores y tomas de tierra en las mesas.

Desde la planta 18 de la torre, ubicada justo en los terrenos que ocupó la plaza de toros de la Barceloneta, se entiende mejor su volumetría diversa y se adivina el exhaustivo trabajo de Miralles con el paisaje urbano circundante, un elemento presente en todas sus obras, siempre buscando unir urbanismo y arquitectura. Valga como ejemplo que la forma del “portaaviones” no es caprichosa: está alineado con el edificio de viviendas que tiene delante.
Esta obra, ejemplo de vanguardia arquitectónica y signo de poder económico, es un nuevo icono para que la ciudad recuerde a Miralles, un arquitecto creativo y osado.

Fotos: Gentileza Paula Gerbi

Volver>>